Tuvo ansiedad social, atracones y más, pero a los 28 conoció a una psicóloga y empezó de cero: “Hay una vida en la próxima orilla”
“En mi niñez sufría de ansiedad social, siempre me sentía menos que el resto, mis compañeritas eran más lindas, más seguras de sí, vivía bajo la idea de que yo era una amenaza para mí, q...
“En mi niñez sufría de ansiedad social, siempre me sentía menos que el resto, mis compañeritas eran más lindas, más seguras de sí, vivía bajo la idea de que yo era una amenaza para mí, que no era suficiente. Entonces, me comparaba con los otros, en lugar de abrirme a lo diferentes que somos todos y de tener la posibilidad de habitar nuestra autenticidad. Llegaba a los encuentros sociales: grupos de fin de semana o inclusive colegio y, al instante, me agarraba una ansiedad galopante que hacía que quisiera huir, irme corriendo, lo que se conoce en psicología como trauma: lucha, huida o congelamiento”.
Carolina Topola no recuerda con exactitud cuántos años tenía cuando sus padres la llevaron a una nutricionista. Sí recuerda, en cambio, que los temas vinculados al peso empezaron a aparecer en su vida alrededor de los 10. En su casa, sus padres hablaban delante de ella de esos “5 kilitos” que siempre le habían sobrado, desde una mirada sobre la salud que en aquel momento era más externa y rígida que integral. Lo hacían con preocupación y con la intención de cuidarla, pero también dentro de una lógica muy extendida en ese tiempo: la de que había que encajar en una forma determinada, incluso a costa del bienestar emocional.
Criada bajo la cultura de la restricciónEn ese clima, fue creciendo entre mandatos, exigencias y ciertas ideas sobre cómo debía verse un cuerpo “correcto”. Con los años, entendió que muchas de esas expectativas no nacían del deseo de hacerle daño, sino de creencias heredadas, de una manera de entender la salud que sus propios padres también habían recibido. Sin embargo, para una niña, esa presión podía sentirse como una pérdida de libertad: como si el cuerpo propio siempre estuviera en falta y hubiera que corregirlo antes de poder simplemente habitarlo con tranquilidad.
“Recuerdo que hasta he llegado a pedirle a mis hermanos que le pidieran a mi mamá que les compraran golosinas y me las dieran. Fui criada bajo la cultura de la restricción, porque como no era flaca no merecía la conexión con el placer”, dice.
Desde los 5 años que hacía terapiaAunque Carolina hacía terapia tradicional desde los 5 años, ese espacio, en gran medida, terminaba reforzando una vida vivida más desde la cabeza que desde el cuerpo. Uno puede habitar la vida desde los pies o desde la mente, o, en el mejor de los casos, desde ambos lugares. En su caso, durante mucho tiempo la vivió casi exclusivamente desde la cabeza, y al poner en palabras lo que le pasaba, muchas veces no hacía más que sostener esa distancia de sí misma.
Fue creciendo desde esa mirada de que había algo en ella que estaba mal: que era demasiado sensible, demasiado especial, que su cuerpo era difícil, que había algo siempre desacomodado. Y cuando una nena recibe ese tipo de mensajes, no tiene demasiada libertad para discutirlos. Entonces, sin darse cuenta, empezó a construir una identidad alrededor de eso. “¿Cómo confiar en una casa interna si una siente que es un problema, una amenaza para sí misma, algo que nunca termina de estar del todo bien?”, se preguntaba en plena adolescencia.
A los 15: se resguardaba cada vez más en su casaAsí fue aprendiendo a deshabitarse en lugar de habitarse. Sobrevivía, cumplía, pero no se tenía. Cuando ella dice cumplía, se refiere a una vida políticamente correcta: colegio, universidad, título de periodista, de locutora, dos años de comunicación en la UBA, novio con promesa de casamiento, hijos, etc.
A sus 15, esa edad en la que los adolescentes suelen lanzarse al mundo, Carolina empezó a resguardarse cada vez más en su casa. La ansiedad social creció enormemente y encontró refugio en la comida, que era lo único que en ese momento la calmaba. Pero los fines de semana, en la casa de campo a la que iban, su madre compraba todo aquello que durante la semana estaba “prohibido”. Ante esa situación, ella se quedaba encerrada, comía a escondidas lo que no se permitía en otros momentos y terminaba con dolores de panza tan fuertes que los usaba como excusa para no socializar. No era lo que quería para sí misma, pero era lo que había aprendido a creer que estaba disponible para ella. De esa forma, fue afianzando una desconfianza profunda hacia su propio ser: cada vez más chiquita, cada vez menos confianza, cada vez más encorvada, como ella misma relata.
El patrón de los atraconesLos atracones de Carolina a los 15 años tenían un patrón claro: generaban un dolor de panza tan intenso que le servía de excusa para no unirse al grupo del fin de semana en la casa de campo, donde no sentía pertenencia y todo le parecía un encierro inevitable. Su familia iba siempre allá, y aunque a veces se quedaba en la Capital con alguna abuela, igual le costaba socializar por el fuerte apego emocional con su mamá, una dependencia que en ese momento la ataba. “Yo pedí que ella estuviera presente en la fiesta de egresados, supervisándome. ¿Qué adolescente conectada con su vitalidad y su sexualidad pide algo así? Yo vivía para sobrevivir, para que la vida y la ansiedad pasaran, sin disfrutar. Esos atracones eran también mi forma de comer todo lo “prohibido” durante la semana, a escondidas los fines de semana cuando nadie me veía.
A los 17, en cambio, los atracones surgieron como consecuencia directa de una dieta extrema de 600 calorías que hizo en un centro para de obesidad, recomendado por su mamá para llegar “bien” a la fiesta de egresados. “La deuda de hambre se paga con comida”, le dijo una de las tantas nutricionistas que vio en su vida, haciendo referencia al inevitable rebote de estos planes alimenticios.
A sus 18 años, Carolina recuerda que la ansiedad la agarraba de forma mucho más extrema. Viajaba en colectivo y tenía que bajar corriendo, llamar a su mamá y volver llorando a casa. “Era tremendo, nunca estaba tranquila, nunca podía estar en paz”.
“Tenía miedo a caerme del balcón estando dormida”La sensación era la de querer salir corriendo sin saber bien a dónde, una incapacidad de escapar de sí misma. No podía estar consigo misma, tenía que llamar a su mamá. No se tenía. No sabía estar con su propio cuerpo. “Los pensamientos intrusivos nunca se iban, los tapaba, pero no aprendía a transitarlos. Durante muchos años tuve miedo a caerme del balcón estando dormida. También mucho tiempo sentí temblores en mis piernas al tener que estar con mucha gente, una especie de ataque de pánico que nunca había habitado porque siempre llamaba a mis papás para que ´me rescaten´”.
Pasaron varios años, vínculos amorosos en los que Carolina replicó esa dinámica de dependencia: no se abría al disfrute, tenía sexo para que el otro gozara, pero ella no conectaba con su cuerpo, no sentía a su cuerpo. Al punto de que su ex, con quien estuvo seis años, un día le preguntó por el tema. Carolina vivía solo desde su cuerpo mental, y toda su vida se ocuparon de enseñarle que eso era lo único disponible para ella.
Una contención muy esperadaRecién a sus 28 años, de la mano de su nueva psicóloga, Lucila, comenzó a entender muchas cosas. Esa mujer le devolvió el poder a Carolina, y ella también empezó a querer tomarlo. Lucila le explicó que esos pensamientos intrusivos tenían que ver con un desborde emocional, con una situación que te supera.
Carolina recuerda que llegó a la consulta y le dijo: “Necesito irme de todo, quiero irme corriendo”. Y su psicóloga, con su calidez y dulzura de siempre y, al mismo tiempo, con mucho profesionalismo, le contestó: “Vas a transitarlo, y si después de transitarlo te querés ir, te vas”. Lucila le enseñó a construir una confianza real en sí misma, a quedarse en sí misma, a tenerse.
A Carolina le cambió la vida dejar de rechazarse y empezar a integrarse. “Estar en la vida no es estar vivo, muchas veces estamos sobreviviendo. Y la ansiedad y la depresión pueden tener cuerpo hegemónico, sonrisa y miles de títulos universitarios, cumplir con la forma (ego) no es cumplir con el fondo (alma)”, describe.
Para Carolina, el trauma es como correr 40 kilómetros y, cuando llegás, que la vida te diga: “Ahora 40 más”. Ella esperaba un vasito de agua, descansar, relajar, pero eso nunca llegaba: había que seguir sobreviviendo. Por contextos familiares y emocionales, aprendió a construir una Carolina para tapar huecos de carencias emocionales. Y repite: tuvo a los mejores padres, porque se convirtió en quien es gracias a ellos.
La hora de empezar a vivirDurante muchos años, se exigió ser una persona que no supo de tiempos, de confianza, de seguridad. Más tarde, se separó de su pareja de aquel entonces, viajó sola a Costa Rica y ahí comenzó un renacer: la oportunidad de empezar a verse. En ese viaje apareció una terapia alternativa, los Registros Akáshicos, y la posibilidad de empezar a formarse en Movimiento Vital Expresivo: “cuando implicaba una gran valentía hablar de que somos seres energéticos, ya que nadie lo hacía y menos en la UBA”.
¿Qué aprendiste de todo lo que viviste?
Que nadie se salva solo, pero que no cualquiera te puede salvar. Qué es clave rodearte de amigos, familiares y parejas que te aporten valor.
Que detrás del dolor estaba la posibilidad de encontrar y construir activamente el sentido de mi vida. Que hay una vida en la próxima orilla.
¿Cuál es tu sueño?
Mi sueño ya lo estoy viviendo: dar retiros espirituales por todo el mundo facilitándole a cientos de personas las herramientas de bienestar que a mí me han invitado a tenerme, a contar conmigo y abrirme a lo inmensa que es esta experiencia llamada vida.
En lo personal, ser mamá y formar una familia. Y vivir frente al mar mientras doy retiros por todo el mundo.