Es argentina, dejó su trabajo en sistemas en EE. UU. para ser ayudante de cocina, hoy cumplió su sueño
Cuando tenía casi treinta años, dejé un trabajo en sistemas en Estados Unidos para convertirme en ayudante de cocina en la Fundación Macrobiótica de Miami.Todavía hoy recuerdo la sorpr...
Cuando tenía casi treinta años, dejé un trabajo en sistemas en Estados Unidos para convertirme en ayudante de cocina en la Fundación Macrobiótica de Miami.
Todavía hoy recuerdo la sorpresa de quienes me rodeaban. Había estudiado Psicología, trabajaba en sistemas y tenía una carrera profesional bien encaminada. Sin embargo, desde hacía años sentía una fascinación profunda por la cocina y por todo lo relacionado con la alimentación natural.
En aquella época era una convencida de la macrobiótica. La seguía de manera estricta, en un momento en que casi nadie hablaba de ella en la Argentina. Lo que encontré en esa fundación fue mucho más que una cocina. Era un espacio donde comenzaban a observarse los efectos que una alimentación basada en cereales integrales, legumbres, verduras y fermentados podía tener sobre el bienestar de las personas, y cómo podía ayudar a aquellas que estaban transitando diversas enfermedades.
Entré como ayudante de cocina y terminé dirigiendo la fundación. Fueron cuatro años de aprendizaje intenso, cocinando, enseñando y acompañando a personas que buscaban mejorar su calidad de vida a través de la alimentación.
Cuando regresé a la Argentina, la vida tomó otros caminos. Volví a trabajar en sistemas y como psicóloga, formé una familia, tuve hijos y durante muchos años mi vínculo con la cocina quedó en un segundo plano. Pero nunca desapareció.
Hoy, a los 70 años, después de varias vidas dentro de una misma vida, sigo convencida de algo que descubrí entonces: la comida tiene un enorme impacto en cómo nos sentimos. Lo que cambió de esa época hasta ahora fue mi manera de entender esa relación.
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A los treinta años creía que existía una única forma correcta de alimentarse. Veía la nutrición en términos de reglas, estructuras y disciplinas. Con el tiempo entendí que uno de mis mayores errores fue confundir disciplina con rigidez.
La macrobiótica me enseñó muchísimo y sigue siendo una referencia importante para mí. De hecho, cada vez que siento que mi cuerpo necesita recuperar equilibrio vuelvo a una alimentación basada en cereales integrales, verduras de estación, legumbres, tofu y sopa de miso. Pero ya no lo hago desde la obligación ni desde la idea de una única forma correcta de comer. Lo elijo por placer, por sabor y por cómo me hace sentir.
Algunos de esos hábitos siguen presentes todos los días en mi cocina. Uno de los platos que más disfruto es un desayuno oriental inspirado en la tradición japonesa: sopa de miso, tofu grillado, vegetales orgánicos y arroz yamaní cremoso. Es un desayuno equilibrado, nutritivo y energizante, muy distinto de la idea occidental de empezar el día con alimentos dulces o ultraprocesados.
Hace poco recibimos en Sagrat a un contingente de visitantes japoneses que se sorprendieron al encontrar esta propuesta en Buenos Aires. Nos dijeron que era el único lugar donde habían podido disfrutar un desayuno tan cercano al que consumen habitualmente en su país: los alimentos simples, reales y bien preparados tienen un lenguaje universal.
Los años, y sobre todo mis hijos, me enseñaron algo que ningún libro había logrado mostrarme: una alimentación saludable también necesita flexibilidad.
Recuerdo que cuando eran chicos me preguntaban si en nuestra casa alguna vez íbamos a comer “comida normal”. Para ellos, la comida normal eran las salchichas con puré que veían en otros hogares. Esa convivencia cotidiana me ayudó a comprender que compartir una mesa, disfrutar una comida y vivirla sin culpa también forma parte del bienestar.
Hoy ya no pienso en alimentos “buenos” o “malos”. Prefiero preguntarme de dónde vienen, cómo fueron producidos y cómo me hacen sentir. Muchas veces el problema no suele estar en un alimento aislado, sino en los excesos, los desequilibrios y la desconexion con las señales del cuerpo.
Creo que uno de los errores más frecuentes cuando alguien decide mejorar su alimentación es buscar cambios drásticos y difíciles de sostener. Otro es concentrarse en contar calorías en lugar de prestar atención a la calidad de los alimentos. Y quizás el desafío más importante sea recuperar la conexión con el propio cuerpo: volver a escuchar el hambre, la saciedad, la energía y las señales que nos indican qué nos hace bien.
Por eso, cuando hablo de alimentación natural, no me refiero a una dieta ni a una lista de prohibiciones. Para mí, natural significa elegir alimentos que estén lo más cerca posible de su estado original. Verduras de estación, cereales integrales, legumbres, semillas, fermentados y preparaciones hechas con ingredientes reconocibles. Significa cocinar más y depender menos de productos industriales.
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Pero también significa algo más profundo: recuperar una relación simple y amable con la comida.
A los treinta años buscaba la alimentación perfecta. Ahora busco una alimentación posible, natural y adaptada a la vida real.
Tal vez por eso, cuando finalmente decidí dedicarme de lleno a la cocina y crear Sagrat, mi objetivo no fue ofrecer una propuesta para unos pocos iniciados ni para quienes siguen una filosofía alimentaria específica. Quise crear un espacio donde pudiera sentirse cómodo quien es vegano, vegetariano, celíaco, macrobiótico o simplemente alguien que busca comer mejor.
Sagrat nació en la entrada de Fundación Columbia, una institución dedicada desde hace décadas al desarrollo de la conciencia y al bienestar integral de las personas. Para mí, esa ubicación no es casual. Existe una profunda coherencia entre el trabajo que la Fundación realiza a través de sus actividades, talleres y propuestas de crecimiento personal, y una alimentación que invite a estar más presentes, más conectados con el cuerpo y con nuestras necesidades reales.
Durante mucho tiempo hablamos de conciencia en relación con nuestras emociones, nuestros pensamientos o nuestros vínculos. También podemos desarrollarla a través de algo tan cotidiano como la manera en que elegimos alimentarnos.
Por eso, en Sagrat, la cocina no busca imponer reglas ni ofrecer respuestas únicas. Busca crear experiencias. Mostrar que es posible comer de una manera más natural, más nutritiva y más consciente, sin resignar sabor, placer ni disfrute.
Después de más de cuatro décadas explorando distintas formas de alimentarme, entendí que la salud no se encuentra en la perfección ni en las reglas rígidas. Se construye en el equilibrio cotidiano, en la capacidad de escuchar al cuerpo y responder a lo que realmente necesita. La alimentación natural, para mí, es una herramienta para vivir con más energía, más conciencia y también con más disfrute. Porque comer bien no debería alejarnos del placer de la comida, sino ayudarnos a recuperarlo.
La autora es fundadora de Sagrat, el espacio de cocina natural que funciona en la Fundación Columbia.