El pueblo patagónico de las capillas con encanto, los colonos y mucho más que casas de té
“Si llegabas el 28 de Julio, nos encontrabas tomando el té adentro de la capilla”, me contesta Magritte Ellis cuando le comento lo alegre que me resulta el ambiente en la capilla Salem. De 114...
“Si llegabas el 28 de Julio, nos encontrabas tomando el té adentro de la capilla”, me contesta Magritte Ellis cuando le comento lo alegre que me resulta el ambiente en la capilla Salem. De 114 años, es un templo de líneas simples que antes fue centro comunitario y escuela primaria. Aquí los fieles no hablan en voz baja, los niños corren y no hay solemnidad, ni imágenes religiosas. Y aquí, efectivamente, todos los 28 de Julio se celebra el Día del Desembarco. Es decir, que los primeros galeses llegaron a Chubut. Entonces en las capillas hay fiesta: un gran té que se comparte.
Salem fue de las últimas en fundarse y está en un sector que a principios del siglo pasado estaba repleto de espinas, pero hoy es productivo. “Tres de mis abuelos vinieron de Gales poco después de la llegada de El Mimosa, en 1865. Una de mis abuelas no volvió nunca… Venían porque no podían practicar su idioma, ni su religión, el protestantismo galés, que no era como el anglicanismo. Los ingleses los sometían y ellos querían ser libres”, agrega Magritte, que de niña “no sabía ni una palabra de español. Ni yo, ni mis vecinos”.
Salem es una de las 14 del circuito de capillas de Gaiman y alrededores. A algunas se las ve solo desde afuera porque tienen horarios de apertura más acotados, a otras se puede entrar, en muchas hay acólitos o incluso pastores que comparten los detalles del rito. Y con suerte se puede ir algún domingo, cuando celebran el culto y cantan los himnos, centrales en esta rama del cristianismo. También habrá santa cena –comunión – bajo las dos especies: hostia y vino como cuerpo y sangre de Cristo, lectura y sermón. “Cada tanto escucho la misa católica que pasan por la radio y no es tan diferente”, agrega Magritte. Y sugiere no dejar de pasar por la capilla Seion, que está cerca. Es metodista y data de 1888.
Para dormir nos quedamos en Posada Los Mimbres, de Marcela Plust, que además de nuestra anfitriona es la directora de Turismo de la localidad. Criada en Buenos Aires, su familia llegó a Gaiman en la década del ‘80 por la metalurgia, compró la chacra y abrió la hostería en 2002.
Con ella visitamos además la Capilla Bethel, que es la primera de la región, data de 1880 y ahora funciona como escuela dominical. Está en el mismo terreno y junto a la capilla actual, de 1911. Aquí nos recibe Pablo Evans, guía de la capilla y miembro activo, dispuesto a repasar la historia. Cuenta que la donó su tía abuela, Elizabeth Evans, hermana de un pastor que murió durante la construcción de la capilla y padre de ocho hijos. Aquí el culto se celebra los domingos a las 10 de la mañana en castellano. Y en galés, una vez por mes, a la tarde.
En el Museo Histórico Regional, que antes era estación de ferrocarril, Fabio González Roberts, nos relata las peripecias de los pioneros de Gaiman. Detalla que llegaron desde el puerto de Liverpool al Golfo Nuevo, a lo que hoy es Puerto Madryn. Hasta esta zona llegaron David D. Roberts y Jemima Jones, en 1874, con un grupo de alrededor de cien personas, entre las que había familias y solteros. Por ese entonces, Bartolomé Mitre era el presidente y Guillermo Rawson, el ministro del Interior. Tenían la clara intención de establecer soberanía en la región. “Desde 1862 los galeses tenían planos de la zona y hablaban de venir al río Chubut, ‘a un lugar remoto, para ser instrumento formativo y arrancar de cero’. Acá había libertad de culto. Y, a pesar de que fue difícil, prosperaron porque eran gente trabajadora y gregaria. Se dedicaron a la cosecha del trigo, hortalizas y verduras”, apunta el guía del museo. Agrega que Gaiman significa piedra de afilar en tehuelche, por las rocas puntiagudas del terreno.
En su casa, Fabio escuchó galés toda la vida, porque su madre lo hablaba con su tía. Durante décadas el idioma se perdió, pero en 1980 el gobierno provincial apostó al turismo e incentivó la llegada de profesores galeses para que lo enseñaran en las escuelas. Lo que nunca se perdió fueron los himnos religiosos, que se cantaban en los bares y hasta en la cancha, así como la costumbre de tomar té con tortas y pan con manteca y dulce de citrón, un melón silvestre que cada vez tiene más adeptos.
“Mi hija más chiquita es re galensa”, me dice Marcela Plust, que la manda a un colegió galés, a pesar de que en la familia no hay ADN británico. Con toda dulzura, Luciana me canta un himno clásico que, entre otras cosas, en castellano dice: “No pido una vida lujosa; ni el oro brillante del mundo; pido un corazón feliz, honesto, un corazón puro y sincero”. Cuando termina, su madre explica que el término “galenso” ya no es despectivo como era antes. Surgió por la tercera generación de descendientes de galeses, que tenían fama de vagos. Se les decía “galensos come Quaker”. Por suerte ya nada de todo esto corre.
En Gaiman, las calles más lindas del pueblo son la Michael Jones –que se dice “yones”– y Linda Evans, donde hay casas con nombre y rosales muy lindos, y otras de piedra antiquísimas que se llaman semi detached house. Pasamos por Camwy, uno de los colegios galeses, que es el secundario más antiguo de la Patagonia, de 1906. También por Almacén Central, una esquina frente a la plaza donde venden todo tipo de cosas lindas. Y por Mñam, con productos regionales como mermelada de citrón y kétchup de cereza.
Entramos a la primera casa del pueblo, que también está convertida en museo. Tiene techo de chapa que antes fue de paja y barro, y paredes de piedra. En el interior recrea la forma de vida, austera y sufrida, de los Roberts Jones.
Mientras cae la tarde, camino a Posada Los Mimbres, Marcela me cuenta cómo funcionan las acequias del río Chubut, que es profundo, correntoso y peligroso para bañarse. De mayo a septiembre, no tienen agua. El resto del año hay un tomero que las abre y cierra. Junto a cortinas de álamos, sirven para regar las chacras del valle, que cultivan alfalfa, maíz, cerezas y frambuesas.
Al día siguiente hacemos una escapada a Dolavon, que está a una hora de Gaiman. Pueblito minúsculo, tiene un restaurante que bien vale la escapada para almorzar. Se llama El Viejo Molino y funcionan en lo que alguna vez fue molino harinero. En una edificación de 1927, el restaurante está manejado por una cooperativa de cocineros jóvenes y talentosos que sirven comida regional, con apuesta al cordero y pesca del puerto de Rawson y de Camarones.
Pasamos por la capilla Glan Alaw, que es de ladrillo y chiquita, de 1887 y está a las afueras de Dolavon. También por la de San David, de 1891, que es anglicana y tiene una campana de más de 300 años. Y más cerca de Gaiman, la de Bethesta, que –como la mayoría– tiene un vestry que es salón de reunión y cocina, junto a la capilla.
Finalmente, ya de vuelta en Gaiman, la capilla Bryn Crwn data de 1884 y también es de las más antiguas. Como todas, habla de la fe que es sostén en el exilio y lugar de encuentro. Claro que rematamos la estadía con un té completo en esta ciudad que famosa por sus tortas, pero que tiene mucho más para ofrecer.
Datos útilesTurismo Gaiman. Orientan con eficacia sobre actividades y recorridos para hacer en la zona. Belgrano 574. T: (280) 449-1571. IG: @turismo.gaiman
Posada Los Mimbres. Cálida y muy bien atendida por Marcela Plust, tiene lugar para 25 personas. Muy buena comida y jardín encantador, junto al río. Chacra 211. T: (280) 503-2676. IG: @posada.los.mimbres
Museo Histórico Regional de Gaiman. Hay fotos, mapas y objetos que hablan de la historia de los pioneros. Todos los días, menos los martes, de 15 a 19 horas. Sarmiento y 28 de Julio. T: (280) 449-1571.
Restaurante El Viejo Molino. En Dolavon, comida abundante y bien ejecutada. Charlie Centeno es el jefe de cocina. Salen mucho los ñoquis de cordero y la lasaña. De miércoles a domingo al mediodía; jueves, viernes y sábado, por la noche. T: (280) 4004-536. IG: @elviejomolinodedolavon