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A los 81 años, relata su llegada al país, las marcas de la guerra y por qué es feliz: “Lo que hemos logrado en Argentina”

María Pilar Cardiel, una mujer de 81 años, se conmueve ante la idea de narrar su historia. Sus recuerdos vuelven a su infancia, a su padre, un hombre que fue partícipe en la guerra civil españo...

A los 81 años, relata su llegada al país, las marcas de la guerra y por qué es feliz: “Lo que hemos logrado en Argentina”

María Pilar Cardiel, una mujer de 81 años, se conmueve ante la idea de narrar su historia. Sus recuerdos vuelven a su infancia, a su padre, un hombre que fue partícipe en la guerra civil españo...

María Pilar Cardiel, una mujer de 81 años, se conmueve ante la idea de narrar su historia. Sus recuerdos vuelven a su infancia, a su padre, un hombre que fue partícipe en la guerra civil española (1936-1939) y que sufrió sus consecuencias: muerte, destrucción, pérdidas, necesidades, falencias, falta de alimentos y de trabajo, entre otras calamidades que trae un conflicto bélico. Pero hubo más, los hermanos de su padre vivían en distintos puntos de España, por lo que tuvo que enfrentarse con ellos, no por creencia sino por obligación, ya que los bandos (el Nacional y el Republicano) controlaban distintos puntos geográficos que dividieron a un país: “Y lo que quedó después de la guerra fue desolación para todos. Ninguno gana en esas circunstancias”, relata Pilar, con un tono solemne.

Luego llegaron los tiempos de la libreta de racionamiento para administrar los alimentos, y los trabajos duros, como el de la madre de Pilar, que como lacayo, pasaba sus días de rodillas fregando los pisos. Su padre rotó por varias ocupaciones, entre ellas, y en los últimos días en España, como pastor.

Pilar recuerda cuando llegó la carta desde Argentina. Por aquel entonces, sobrepasados por las olas migratorias de los años cuarenta, para ingresar al país se hizo común solicitar una carta de llamada. Esa carta que a Pilar y a su familia les cambió la vida.

“Mi tía, que había sido llamada a su vez por su prima hermana, ya vivía en Argentina. Ella envió el llamado y mis padres decidieron aceptarlo, con la esperanza de vivir una mejor vida, sin pasar necesidades”.

Una muñeca gigante y un largo camino hacia el nuevo hogar: “¿A dónde vamos a meternos?”

“Siempre recuerdo a mi papá hablar de la libreta de racionamiento de la posguerra, donde se incluía harina de maíz con la que su familia se cocinaba polenta. Cuando llegó a la Argentina se encontró que la polenta era algo común en las mesas y no la podía ni ver”, observa Pilar, mientras continúa con su historia.

La familia Cardiel embarcó rumbo a la Argentina el 7 de febrero de 1956, el día en que Pilar cumplía 11 años. Partieron desde Barcelona, pasaron por Lisboa, tocaron Río de Janeiro y, en el trayecto, ella no recuerda otra cosa más que un mar calmo durante toda la travesía hasta Buenos Aires. Atravesados por la emoción y la incertidumbre, llegaron los cuatro: el padre de familia, Mariano, la madre, Esperanza, el hijo varón, Mariano, y Pilar. Tras dieciocho días de viaje, en el puerto aguardaba su tía, sus primos y otras personas que hoy no recuerda de aquel día que marcó el comienzo de una nueva existencia.

“Un marinero nos había pedido que bajemos una muñeca, ¡que era enorme, me llegaba a la cintura!, ya que ellos no tenían permitido bajar cosas. Yo descendí con ella en mis brazos y, por el tamaño, mi prima me contó lo impactada que estaba en ese primer encuentro, donde aparecí con semejante muñeca. El marino pasó luego a retirarla por nuestro domicilio temporario”, rememora Pilar con una sonrisa.

“Veníamos de Zaragoza y nos quedamos un tiempo en casa de otros paisanos”, continúa Pilar. “Cuando llegamos a Buenos Aires, casi de inmediato nos fuimos en tren a la provincia de Mendoza, y terminamos en la zona rural de Bowen; para llegar, en un tramo tuvimos que hacer 6 kilómetros de médano y tierra. En esa llegada me impactaron mucho las distancias en Argentina; en España es un pueblito atrás del otro y acá no había nada. Pensaba, ¿a dónde vamos a meternos?”

El boliche de Mariano, un padre que ayudó a Pilar a volar: “Su sacrificio me permitió tener un título”

En la finca de los parientes, el padre de Pilar -Mariano-, que por entonces tenía 44 años, ayudaba en las labores. Su madre, Esperanza, contribuía de igual manera y era muy hábil tejedora.

Pilar, mientras tanto, observaba todo maravillada. No sintió grandes impactos culturales, ya que el seno familiar era español, pero apenas daba unos pasos se topaba con el mate y los carneos en las fincas, sin dudas impresionantes.

Tras una cantidad de meses que Pilar no puede precisar, sus familiares les cedieron una casa a unos 300 metros, un espacio agradable, con una sala al frente que Mariano padre lo transformó en un almacén con mesitas, “un boliche, como se decía en aquellos tiempos”, aclara Pilar. “También tenía despacho de bebidas y las personas después de trabajar venían para jugar a las cartas y tomar una copa, que podía ser vino, espirulina, caña quemada o fernet en copa chiquita”.

Frente a su nuevo hogar estaba la escuela Manuel Lemos, donde Pilar fue inscripta. Le tomaron un examen en el que se destacó en Lengua y Matemáticas, pero no sabía mucho de Geografía, Historia e Instrucción Cívica, por lo que la pusieron en 4to grado. Pilar terminó la escuela primaria con calificaciones sobresalientes; lo usual, en especial para las mujeres allí, era culminar en ese punto los estudios, pero por fortuna la directora se acercó a su padre y sentenció: `Mire Mariano, con las capacidades de Pilar sería una pena que corte sus estudios acá´.

“Toda la vida le voy a agradecer a mi padre que haya accedido, ya que no teníamos movilidad y la secundaria era lejos, a 18 km. Primero fui al comercial de tarde. Iba en bicicleta a la ruta por 2 km, se la dejaba a un vecino, tomaba el colectivo y de regreso mi papá caminaba los 2 kilómetros de calle de tierra para buscarme y que no volviera sola de noche. Su sacrificio me permitió tener un título”.

Los últimos dos años, Pilar los cursó en el Instituto San Antonio, un colegio de monjas donde asistía por la mañana, por lo que durante la semana dormía en una pensión. Tras años de esfuerzo, en 1963, la joven se recibió, finalmente, de maestra.

Una jura cruel, legados de guerra y las primeras conquistas: “Argentina les devolvió la vida”

Una autonomía alguna vez soñada emergió en el horizonte de Pilar, que vivió su logro con mucha ilusión. Sin embargo, un nuevo obstáculo se interpuso: no la dejaban ejercer por ser extranjera. Fue así que durante el siguiente año atravesó lo necesario para obtener la nacionalidad argentina, un proceso que recuerda con mucho dolor: “Me hicieron jurar ante la Biblia que renunciaba a mi patria. Lo hice. Pero, sin importar lo que digan, uno sigue siendo de donde nació”.

Tras tamaño sacrificio, Pilar comenzó a ejercer su profesión en las escuelas rurales cercanas. Primero iba en bicicleta y con el tiempo se compró una motito que le permitió llegar mejor y más lejos.

“Yo era feliz”, asegura Pilar. “Con lo que ganaba podía ayudar en mi casa. La guerra deja muchas enseñanzas que quedan en la piel. En mi familia, una de ellas fue el ahorro, así como cuidar lo que uno tiene y logró con sacrificio. Mi padre con el almacén ahorró y nos compramos una casa en General Alvear. Era humilde, pero era nuestra. Allí mi papá también puso una pequeña despensa, puso gallinas y cultivó una huerta. Con eso y con lo mío, vivimos. Mi mamá nos tejía la ropa y cocinaba muy rico. Nunca nos faltó nada. Así que a ellos, la Argentina, les devolvió la vida”, continúa con voz quebrada.

Un nuevo e inesperado rumbo: “Fue un acto de arrojo”

Tras diez años de trabajo en escuelas como suplente, en 1974 Pilar obtuvo la titularidad en la escuela Real Del Padre, en San Rafael, al sur de Mendoza. Iba en colectivo y volvía a dedo. La solían llevar profesores del secundario o abastecedores de provisiones, que regresaban a General Alvear: “Jamás sentí miedo”.

Aquellos años fueron tiempos felices y de cambios, Pilar se enamoró y contrajo matrimonio con Daniel. Pero 1979 fue el año donde su vida, una vez más, tomó un rumbo inesperado, cuando los tres hermanos de su marido, que vivían en Venezuela, los convencieron de dejar Argentina y volar hacia aquellas tierras.

“Los hermanos se habían ido uno a uno, hasta que también se fue mi suegro, que decía que en Venezuela íbamos a ganar mejor dinero y triunfar”, cuenta Pilar. “Yo ya tenía a mi hija Analía, de dos, y a Gabriel, de cuatro. Mi esposo trabajaba en el banco. Yo era maestra titular, que en esos momentos era de los mejores trabajos. La verdad, pensando a la distancia, fue un acto de arrojo. Renunciamos a esos buenos trabajos y nos arriesgamos. La condición era vivir con ellos, que los chicos serían cuidados y yo podría salir a trabajar”.

Los impactos de Venezuela: “Esos no eran los hábitos que yo había aprendido en Argentina”

Llegaron a Venezuela en diciembre de 1980, el país estaba en su esplendor y Pilar quedó impactada porque allí todo estaba ya preparado para la Navidad de una forma que jamás había visto en su vida, con las luces y los ornamentos.

Buscaron trabajo. El marido de Pilar comenzó con arreglos de aires acondicionados y luego trabajó en una ferretería. Compraron un auto viejo en una sociedad que los solía cambiar con frecuencia, y mientras se adaptaban, ella seguía buscando en qué trabajar: “Mi cuñada me insistía en que me anote en el banco, pero a mí no me gustaban los números, sino la lengua castellana”, cuenta.

A pesar de su resistencia, Pilar se postuló al Banco Mercantil y Agrícola, ubicado en El Marqués. Asistió a un curso de tres meses, donde aprendió mucho, y practicó dactilografía con una máquina Olivetti clásica que adquirió llena de esperanza: “Con esa máquina había que apretar mucho las teclas”, dice pensativa. “¿Qué pusieron delante de mí en la prueba? Una Olivetti eléctrica. No tenía idea ni de cómo la tenía que prender. Como pude lo descifré y rendí bien, ingresé al banco. No eran tan buenos sueldos como en la Argentina, pero sí horario partido. Igual, estaba mucho tiempo en el tránsito. Impresionante la fila de autos que no avanzaban. Las primeras veces, que salíamos con tiempo, llegaba al horario acordado de las 8 de la mañana y me di cuenta de que casi no había nadie, ¿dónde estaban los empleados? Claro, por el tránsito se entregaban a llegar cuando llegaran. Estaba sorprendida, esos no eran los hábitos que yo había aprendido en Argentina, de cumplir con el horario, que es sagrado”, sonríe.

“El teléfono sonaba y yo, como buena tímida, me parecía un cuco”, continúa. “La gente venezolana, la verdad, muy linda gente. Generosos, ellos viajaban mucho a Estados Unidos (tenían muchas costumbres pegadas de ahí) y los clientes siempre me preguntaban qué quería que me traigan. La pregunta me descolocaba. En Navidad era impactante la cantidad de regalos que entraban, de todo y de marca, en Venezuela eso importaba mucho, así que me aprendí todos los nombres de marcas de lujo. En el supermercado había de todo y me sorprendió que los precios ya estuvieran impresos sobre los productos. Todo valía lo mismo en cualquier lado. Hacía décadas que un bolívar equivalía a 4,30 dólares”.

Un manto oscuro y el esplendor en caída en un día de Carnaval: “¡Vámonos ya!”

Con el tiempo, Pilar pasó a Plazo Fijo y Daniel, gracias a un cliente del banco, ingresó a trabajar en una empresa extranjera de charcutería, donde conquistó uno de los mejores puestos de su carrera laboral. Se compraron un Citroën, un auto nuevo y flamante con el que recorrían el país y disfrutaban de las playas: “Venezuela es muy bonito, turísticamente no está explotado”, desliza Pilar.

A pesar de la bonanza económica y los bonitos paisajes, había un manto negro que pesaba sobre Pilar y lo podía ver en las infinitas rejas delante de las casas, algo que no existía en su querida Mendoza: “Venezuela siempre fue muy inseguro. Todo enrejado, después de las seis de la tarde no se andaba en la calle y a los únicos lugares que íbamos a pasear era a los shoppings, no a comercios en la calle, como en Buenos Aires, que uno podía andar por la calle Corrientes, por Santa Fe o por Florida. Eso llevó también a que nos frecuentáramos con muy poca gente”.

Para Pilar, una mujer que alguna vez dolió por Zaragoza, ahora sentía una punzada de dolor por Argentina. En días de soledad, pensaba en Mendoza, en el barrio Municipal en el que se había anotado para salir sorteada algún día y al que aportaba dinero desde la distancia para construir en un futuro. También reflexionaba acerca de la porción de tierra que habían comenzado a edificar de a poco, antes de partir, una casita de 54 metros cuadrados delante de la su padre. Habían dejado los cimientos y aún le giraban dinero a su hermano para que continuara con el proyecto. Inspirados por la fantasía del regreso, el matrimonio trabajó siempre para avanzar en los proyectos en Argentina, su verdadero hogar que tanto extrañaban. A su vez, gracias a los fideicomisos que se acostumbraban apartar en Venezuela en los trabajos, obtuvieron un ahorro forzoso que fue de gran utilidad en el futuro.

“El plan era volver a la Argentina, no sabíamos cuándo. Y la decisión se precipitó un día de Carnaval, mientras todos estaban de fiesta. Por la radio anunciaron que se devaluaría, tal vez, el bolívar. ¡Lo van a hacer!, le dije a Daniel, ¡vámonos ya, si no, no lo vamos a poder hacer nunca más! Dicho y hecho. Pero me volví sola con mis dos hijos, Daniel se quedó con la ilusión de ganar un poco más, pero bueno, el bolívar se fue casi al doble. ¡Pensar que mis compañeras de banco me preguntaban qué es la devaluación!”.

“Cuando llegué a Argentina en 1983 entendí lo importante que había sido viajar. Importante para abrir la cabeza y valorar todo lo que Argentina daba, ya sea en cuestiones de salud, el transporte (en Venezuela sin auto no se llegaba) y tanto más que uno tenía y no se daba cuenta. Son aprendizajes”.

“Al poco tiempo, con menos dinero del pensado, regresó mi marido. Yo me tuve que reinscribir para recuperar mi cargo de docente, ¡y vaya casualidad! me asignaron en la misma escuela que había dejado en el 79. En el 2006 me jubilé”.

Cerrar el círculo: “Soy feliz”

Con 81 años y desde la casa que construyeron en el barrio Municipal en General Alvear, Pilar observa el horizonte mendocino embargada por la emoción. Allá a lo lejos quedó la niña de 11 años que llegó en barco, ilusionada por un nuevo comienzo. A pesar de la distancia, sus vivencias permanecen vivas en su corazón.

Piensa en su padre y su madre, personas reservadas y cerradas a su círculo, golpeadas por la guerra. Por fortuna, su papá, Mariano, obtuvo una jubilación de España, y apenas lo logró, cerró el almacén y se dedicó a respirar profundo y disfrutar de la calma mendocina: “Bien merecido lo tenía”. Murió sin nunca volver a España, no quería y sobradas razones tenía.

Pilar piensa en Argentina, una tierra que aprendió a amar cuando la desgarraron de su origen, y que amó con más fuerza aún cuando atravesó el `arrebato´ de la segunda migración. Y gracias al sacrificio de sus padres - que le dieron parte del dinero de la jubilación- y el propio, fue ella, una mujer que siempre trabajó y ahorró, la que tomó una porción de ese dinero para regresar a España para mirar su lugar de nacimiento a los ojos, sesenta y cuatro años después de su partida.

“Fue en el 2019”, dice Pilar con voz pausada. “Había perdido la ilusión de hacerlo. Siempre me quedaban los recuerdos, pero tenía ese deseo profundo que parecía inconcretable”.

“Por fortuna nuestra hija menor nos acompañó, ¡menos mal! No sé si con tanta tecnología de ahora nos hubiéramos arreglado. Mi hijo, mientras tanto, rastreó a los Cardiel que encontraba en Internet, comenzó a chatear, ¡y logró dar con una prima hermana mía! Fuimos. Todos los días de sol, estuvimos un mes donde visité Madrid, Sevilla, Barcelona, Córdoba, Andalucía hasta llegar a Zaragoza. ¡Hermoso todo lo que vi! ¡Cuánta historia!”.

“La fuimos a ver a mi prima, conocimos a la familia, hermosa familia. Emocionante lo que viví”, dice Pilar muy conmovida. “Me llevaron a Gillué, el pueblito de mi mamá, y a ver la casa de mi abuelo materno que yo visitaba de niña. Hoy es un pueblo abandonado. Me acordaba perfectamente de todo”.

“Fui al cementerio a ver la lápidas de mis familiares. Fue encontrarme con el pasado”, continúa. “Es mucho lo que tengo para agradecer. A pesar de la edad que tengo y de todo lo atravesado, cuento con muy buena salud, me gusta andar, disfruto de la vida, de lo que hemos logrado en Argentina. Soy feliz. Tengo una familia hermosa”, concluye.

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Si querés contar tu historia podés escribir a argentinainesperada@gmail.com

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/lifestyle/a-los-81-anos-relata-su-llegada-al-pais-las-marcas-de-la-guerra-y-por-que-es-feliz-lo-que-hemos-nid30032026/

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